san Francisco de Asís; Hermann Hesse

Posted 13:39 by FRANCISCO REY in Etiquetas: , ,




El premio nobel de literatura Hemann Hesse quedó cautivado desde un principio por la figura de  Francisco de Asís




Desde tiempos remotos han vivido ocasionalmente sobre la tierra grandes y maravillosas personalidades, que no se empeñaron en ser famosos mediante extraordinarios hechos puntuales o a través de obras poéticas y de libros. Sin embargo, estos espíritus tuvieron una inmensa influencia sobre pueblos y épocas enteras; todos los conocían, hablaban de ellos con fervor y deseaban saber más sobre sus personas. Su nombre y alguna noticia de su existencia estuvieron así en boca de todos, y tampoco con el correr de los siglos llegaron nunca a perderse, pese al ir y venir y a la mutación de los tiempos. Pues aquellas personas así labradas no ejercían su influjo a través de obras o discursos o artes dispersas, sino sencillamente porque toda su vida parecía haber nacido de un único gran espíritu propio y se desplegaba ante la vista de todos como una luminosa y divina imagen y ejemplo.

 Estos seres ejemplares, aun cuando no hayan realizado ni una sola gran obra visible, se adueñaron y conquistaron los corazones de manera inolvidable por medio de sus vidas, pues orientaron la totalidad de su quehacer y de su existencia a partir de un único espíritu superior, del mismo modo que un arquitecto y artista erige una catedral o un palacio, no según sus correspondientes caprichos o vacilantes humores, sino siguiendo un pensamiento claro y un vívido plan. Todas ellas fueron almas fogosas y potentes, consumidas por una fuerte sed de infinito y eternidad que no les concedía descanso ni bienestar hasta que no reconocieron, más allá de las costumbres y los modos de sus días y de sus contemporáneos, una ley eterna según la cual regir sus acciones y esperanzas. 

Fueron poetas, santos, taumaturgos, sabios o artistas, cada uno a su modo y según sus cualidades, pero todos se parecían por constitución en que concebían la brevedad y la fragilidad de la existencia sobre la Tierra como una analogía de lo eterno y estable, y en que aspiraron con deseo ardiente y pasión temeraria a enlazar Cielo y Tierra en sus corazones, insuflando lo terrenal y perecedero con la brasa de la vida perenne. De este modo, sus vidas estuvieron liberadas de las ataduras mortales y de los quebrantos temporales y ahora se yerguen, despojadas de todas las contingencias y coberturas terrenales, como un milagro ante la memoria de los hombres. 

Cada una de las vidas así llevadas por un hombre formidable no es otra cosa que un regreso al principio de la creación, y un devoto saludo desde el paraíso de Dios. Pues aquellos grandes soñadores y almas heroicas siempre rehusaron beber de aguas turbias; nunca se contentaron con simulacros, nunca se conformaron con un nombre en vez de con una esencia, ni con una imagen en lugar de lo real; antes bien, buscaron volver, con impulso incansable, a las fuentes primigenias y puras de toda fuerza y de toda vida, trataron a las almas misteriosas de la Tierra, a las plantas y a los animales como si fueran sus iguales y estuvieran estrechamente emparentados con ellas, y ansiaron hablar de sus penas y preguntas íntimas, en vez de con retratos o símbolos o sombras vacías, directamente con Dios.

 Así fue como acercaron a Dios a todas las otras personas, confiriéndole al misterio de la creación nuevo valor y encarecimiento e interpretándolo desde una intuición sagrada. Una y otra vez volvieron a descubrir la esencia y la ley del ser interior, puesto que se enfrentaron a la Tierra y al Cielo en cierto modo desnudos y como si fueran los primeros hombres, mientras que nosotros creemos poder vivir dentro de la carcasa de las ideas seguras y la costumbre heredada.

 Estas personas verdaderamente profundas y sustanciales a menudo fueron desacreditadas en un principio como locos, y no falta gente a la que un alma semejante siempre se le aparezca como algo incomprensible y delirante. Pero a quien contempla con ánimo serio, la vida de un gran hombre se le presenta como un raudal que brota de las fauces y como un grito ardiente de toda la humanidad. Pues lo cierto es que una vida como esa es siempre un sueño hecho figura y persona, es la manifestación visible de una nostalgia y un anhelo de eternidad de toda la Tierra, cuyos fugaces seres vivos siempre estuvieron empeñados en unir su destino con el de las estrellas eternas. 

En aquel tiempo lejano, al que denominamos aevum medium o Medioevo, se fueron alzando entre los espíritus y los pueblos fuerzas colosalmente hostiles, y los países se hallaban atravesados por los temblores y los gemidos de las penurias bélicas y las grandes batallas. Sangrienta discordia ardía entre los reyes y los Papas, las ciudades combatían a los gobernantes, la nobleza y la plebe se hallaban aquí y allí en amarga querella. Y la Iglesia romana, como patrona del mundo, estaba más afanosamente ocupada en armamentos, alianzas y nunciaturas, excomuniones y castigos, que en la paz de las almas. Entre los angustiados pueblos surgió una profunda escasez. En varios lugares aparecieron nuevos maestros y comunidades, que hacían frente a las duras persecuciones de la Iglesia sin importarles su propia vida; otros siguieron en masa las violentas campañas hacia la tierra prometida. En ninguna parte había una guía o una seguridad, y la impresión era que el occidente y corazón de la Tierra, pese a su brillo exterior, estaba cerca de desangrarse.

 Entonces sucedió que en Umbría, un joven desconocido, presa de dilemas morales y con una profunda humildad, decidió en su fuero interno, de modo ingenuo y desinteresado, ser con su vida un modesto y fiel discípulo del Redentor. Los feligreses lo siguieron, al principio dos y tres, luego cientos, más tarde muchos miles, y de ese humilde hombre de Umbría partió una luz de vida y una fuente de renovación y amor sobre la Tierra, de la que un rayo brilla aún en nuestros días.

 Era él Giovanni Bernardone, llamado San Francisco de Asís, un soñador, héroe y poeta. De él se ha conservado un solo rezo o canción, pero en lugar de palabras y versos escritos nos ha legado el recuerdo de su vida sencilla y pura, que se ubica en belleza y silenciosa grandeza muy por encima de muchas obras poéticas. Por eso quien cuente su vida no precisa más palabras o reflexiones, de las que entonces yo me abstengo ahora con alegría.


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