MI CREDO HUMANISTA. ALBERT EINSTEIN

Posted 12:47 by FRANCISCO REY in

PINCHA AQUI PARA DESCARGAR LIBRO EN FORMATO PDF




MI CREDO HUMANISTA
ALBERT EINSTEIN


TRADUCCIÓN Y SELECCIÓN DE TEXTOS:
ALFREDO LLANOS Y OFELIA MENGA





PRÓLOGO

No es fácil discernir si la popularidad de Albert Einstein, que eclipsó a figuras del cine y del deporte, se debió a su condición de creador de las teorías más abstrusas de la física o a su carácter de humanista inmerso en la vida, o bien a su infatigable lucha por la paz, sostenida empeñosamente, sobre todo, durante su residencia en los EE.UU.  En un mundo ensoberbecido por la posesión de armas de tremendo poder destructivo se convirtió en intérprete de una misión altamente honrosa, que coincidía con el anhelo de los pueblos indefensos.

Desde su endeble posición de civil armado sólo de su profundo amor al prójimo y su buena voluntad aprovechó su prestigio de científico para sacudir el egoísmo de quienes piensan que la guerra es siempre un excelente negocio y los seres humanos el alimento indispensable que debe mantener esta máquina infernal. Pocos hombres de su nivel intelectual han dado pruebas tan extremas de altruismo y de generosos sentimientos como este sabio que exhibía la nobleza y a veces el candor y la modestia de los que son realmente grandes. Todas las tribunas le fueron aptas para movilizar el espíritu de la gente sin distinción de razas ni credos. Estuvo fraternalmente cerca de pacifistas como Mahatma Gandhi, Bertrand Russell y Romain Rolland. Además, prestó su colaboración espontánea y sincera a los movimientos que en su tiempo bregaban por la libertad de las minorías oprimidas. Se hallaba convencido de que era posible eliminar los nacionalismos fanáticos, y que la humanidad deseaba unirse en favor del progreso y la cultura,  para lo cual le era indispensable borrar las fronteras y eliminar el servicio militar obligatorio, al que consideraba una ofensa permanente contra la dignidad humana. Creía, con Franklin, que no hubo nunca una mala paz ni una buena guerra, aferrado a su moral concreta forjada en la observación y en los hechos.

El pacifismo de Einstein carece de retórica y va directamente a los problemas planteados por el nuevo impulso que la ciencia dio a la tecnología militar. Nadie conocía mejor que él el efecto destructor de  las armas modernas, y en cierto modo resulta una ironía que quien descubrió la clave para desintegrar el átomo debía convertirse en el detractor sistemático de su perfeccionamiento y empleo. Se ha pretendido ver en esta actitud del gran físico una flagrante contradicción. Sin embargo, el científico en su caso y en el de los que le precedieron, pretende arrancarle los secretos a la naturaleza y en esta tarea tan compleja recibe no pocas sorpresas y acepta tremendos desafíos. Su labor no está limitada por factores morales. La ciencia es ajena a todos los códigos posibles y sólo tiene como norma penetrar en el misterio que le rodea. La tragedia aparece cuando el poder político- dominado siempre por oscuros intereses- decide sobre el uso de ciertos descubrimientos y sus posibilidades de aplicación. Entonces la elección no está en manos del científico ni se le consulta en cuanto al problema ético que puede creársele. En la mayoría de los casos se ve obligado a ceder, acorralado por la tradición, el patriotismo, la defensa de la nacionalidad y otros prejuicios ante los cuales su filosofía moral, siempre débil, si existe, se hunde irremediablemente. Recuerda él mismo el caso de
Alfred Nobel, descubridor del explosivo más poderoso de su tiempo y que, después, quizá para acallar su conciencia culpable, estableció el premio para la paz y otros de orden cultural.

No cabe duda que Einstein, el físico, convertido en una especie de ídolo universal, debió reconstruir su mundo moral a partir de la aparición del nacionalsocialismo. También se vio constreñido a asumir su conciencia judía, hasta entonces un poco borrosa en su mente. Confiesa, al comenzar la década del treinta, que fueron los paganos quienes le recriminaron su origen racial.

Esta lucha interior del físico con su medio ambiente y su propio pasado se agudiza a medida que los acontecimientos políticos en Europa muestran una resuelta tendencia bélica. La vida en el viejo mundo se carga de violencia como resultado de la secuela de choques ideológicos, revoluciones, conflictos civiles y rencores que dejó la primera guerra y la mala tregua que se preparó como trampolín para saltar a la conflagración de 1939. El ajuste de cuentas quedó pendiente. Los ganadores procedieron con mezquindad y arrogancia; los vencidos no ocultaron su odio y la hora del desquite. Los científicos también tomaron partido, y casi todos fueron beligerantes. 

Einstein insiste en que no creó la bomba, pero que sugirió al presidente Roosevelt la necesidad de adelantarse a los alemanes, en nombre de los colegas, que como Fermi, venían trabajando en su preparación. Se trataba de salvar la civilización y la cultura, y el monstruoso artefacto, un secreto a medias, quedó en poder de las naciones que, según la presunción admitida, representaban, en la contienda, la libertad y el derecho. Hay que consignar, en honor de Einstein, el gesto de coraje, muestra de decepción y escepticismo, con que en 1947 expresó: 

“Con toda franqueza declaro que la política exterior de los EE.UU., a partir del cese de hostilidades, me ha recordado la actitud de Alemania en los tiempos del Kaiser Guillermo II, y sé que esta penosa analogía es compartida por muchas personas”.

Desde 1933, fecha en que se incorporó como profesor al Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Princeton, Einstein desplegó una inusitada actividad intelectual. Sobre, su fama de físico estructuró toda una conjunción de ideas filosóficas de hondo sentido ético y humanista que no obedecían a ninguna escuela determinada, sino a su condición de hombre comprometido con la vida y la dignidad humana. Sus escritos, de variado tono, se destacan por una tendencia definida: la instauración de un sistema moral, político y económico capaz de erradicar la guerra y poner al servicio de la humanidad los beneficios de la ciencia y la tecnología, un gobierno mundial, en suma, que dé a la cultura la merecida extensión y le suprima su marbete elitista.

El saber libresco no ayuda a crear la personalidad y la enseñanza autoritaria convierte al estudiante en un autómata, un rebelde, o un perro amaestrado, según sus propias palabras. Einstein es un moralista activo, que advierte la necesidad de atenerse a la conducta leal en las relaciones entre los individuos y los pueblos, una manera de elevar el contenido de la existencia. Y si bien acepta la religión en la forma que cree descubrirla en Spinoza- un panteísmo, de acuerdo con la interpretación tradicional- afirma que la moral pertenece al ámbito humano y crece dentro de una comunidad donde esta delicada planta se manifiesta como unidad en la diversidad.

Einstein es consciente de que “lo que el genio creador del hombre nos ha brindado en los últimos cien años podría habernos proporcionado una vida mucho más placentera y tranquila si el desarrollo de la capacidad de organización hubiera seguido a la par del progreso técnico”. Sin embargo se ve forzado a reconocer que “tal como van las cosas, en manos de nuestra generación, esos bienes que tanto costó conquistar son como una navaja en manos de un niño. En vez de libertad, la posesión de maravillosos medios de producción ha traído consigo hambre y preocupaciones”. Esta reflexión escéptica es del año 1934. Confrontada con la situación general del planeta todo comprueba el aserto agravado del científico. Dentro de ese cuadro pavoroso nosotros, como país, pasamos, gracias a la guerra, de la pobreza institucionalizada del viejo régimen fraudulento, a la euforia de la industria improvisada, que hizo saltar los fusibles de nuestra economía agrícola ganadera. Ahora hemos despertado como de una pesadilla. Estamos de regreso a la ecuación einsteniana.

En el presente volumen hemos recopilado distintos pasajes del
quehacer de este hombre, verdadero publicista de la concordia universal.
Se abre el libro con una larga serie de aforismos- Einstein humanista
y heraldo de la paz- entresacados de los escritos y discursos en los
cuales defendió con pasión sus ideas sobre la convivencia armónica
como imperativo indeclinable de la especie. En todos ellos se expresa
su concepción ética, fundamento de su filosofía, reñida con la especulación.
Su pensamiento elude toda abstracción, según puede observarse
en el conjunto de fragmentos que hemos seleccionado para este florilegio.
También hemos consignado parte de su correspondencia, la que
incluye la discutida carta al presidente Roosevelt; el intercambio epistolar
con Freud; la misiva de los científicos rusos y la respuesta de
Einstein, ambas de enérgico acento, pero respetuosas. De alta tensión
emocional es la nota en la que el científico rechaza el ofrecimiento de
la presidencia de Israel y se excusa con modestia conmovedora por

verse obligado a declinar esta distinción. Tiene un sentido nostálgico,
con notas del mejor humor, la carta que casi al final de su vida dirige a
la reina Isabel de Bélgica, en cuya residencia solía ser frecuente huésped.
Nos pareció indispensable asimismo dedicar algún espacio a la
parte científica, en particular a aquellos escritos que preparó para la
prensa europea no especializada. De este modo esperaba llegar al lector
medio, sin tener que recurrir al complicado aparato matemático ni a
abstrusas ecuaciones. Es interesante examinar la forma en que el físico
se explica a sí mismo y se esfuerza por tornar comprensibles teorías
que han revolucionado nuestra visión del mundo.

Einstein se consideraba más un filósofo que un físico y en este
sentido se adhería sin duda a la tradición clásica, y más exactamente a
la moderna concepción de Newton, desarrollada en su obra Principios
matemáticos de filosofía natural (1687), a la que superó y subsumió en
su audaz teoría. Por supuesto, también se advierte en él la influencia de
pensadores como Berkeley y Hume, visible en un trabajo que dedicó a
Bertrand Russell. El creador de la relatividad es ciertamente un científico
polifacético, que no desdeñó el aporte de las mentes más luminosas
de su medio y de su pueblo.

Alfredo Llanos



0 comment(s) to... “MI CREDO HUMANISTA. ALBERT EINSTEIN”

0 comentarios:

Publicar un comentario

Una selección gratuita de los mejores libros para todas aquellas personas que quieran ser libres y responsables. Libros que son el pan de cada día para un mundo más justo y solidario

PUEDES LEER Y DESCARGAR MAS DE 500 LIBROS GRATIS. EN PANTALLA APARECEN SÓLO LOS ÚLTIMOS LIBROS

LOS LIBROS ESTÁN EN FORMATO PDF. SI DESEAS CONVERTIRLOS A FORMATO EPUB PUEDES DESCARGARTE ESTA APLICACIÓN GRATUITA:



AVISO LEGAL: Los archivos de texto electrónico expuestos en esta página tienen por único objeto promover y difundir valores culturales y solidarios para la mayoría de la humanidad empobrecida. Millones de personas no podrían acceder de otra manera a este tesoro cultural que pertenece a toda la humanidad. Bajo ningún concepto persiguen fines lucrativos. Solo se colocan enlaces para acceder de manera libre y gratuita a los libros que en distintos blog, web, sitios y lugares de Internet han sido subidos. Si algún autor o compositor, representante legal o sus derechos habientes considera que la exposición de algún material en particular afecta sus derechos de autor, rogamos comunicárnoslo a fin de proceder a quitar el enlace.
Para más información escribe a freyalamillo@gmail.com

Páginas vistas en total