LA LEYENDA DEL LOBO CANTOR. GEORGE STONE

Posted 15:11 by FRANCISCO REY in Etiquetas:
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 La leyenda del lobo cantor George Stone 


PÓRTICO 

EL LOBO CANTA... LA LIBERTAD 

He aquí un libro singular. Lo abrí con desgana, pues su título, La leyenda del lobo cantor, no me sugería gran cosa. Por lo que sea, el mundo de los animales suele dejarme indiferente. Soy y me declaro víctima –víctima culpable–, del dogma arrogante e ingenuo según el cual el hombre es el rey de la creación. El hombre es mucho, es nada menos que hombre, pero en la creación, en la ínfima parcela de la creación que nos es conocida, existen fuerzas incomparablemente superiores  a él: los habitantes de Hiroshima y Nagasaki  recibieron al respecto una prueba desgarradora cuando, en 1945, el átomo fue desintegrado sobre sus cabezas. Y lo mismo opinará cualquier lector que haya presenciado la erupción de un volcán, el trallazo de un rayo, o haya visto y oído el avance de esa activa placenta que es un maremoto. Ante los grandes fenómenos naturales, el  hombre se convierte en un rey destronado, lo cual debería servirle de lección y urgirle a valorar de forma distinta la dinámica realidad de las otras especies que pueblan la Tierra, especies a las que, con manifiesta frivolidad, llama «inferiores», sin antes haber calibrado con justeza, agotando hasta la hez el análisis, el hondo misterio que se esconde en el interior de una roca, de una espiga 
o de un delfín.

El autor de este libro que califiqué de singular titulado La leyenda del lobo cantor, así lo ha entendido, y con insólito talento ha logrado fundir  en su relato, por lo llano, sin énfasis, y de manera coherente y lúcida, no sólo tal diversidad genérica, sino los muchos y dispares elementos que componen la vida, nuestra propia vida y aquellas otras que rebullen a nuestro lado, a veces rozándonos tan sólo, a veces golpeándonos airadamente el pecho.

Por ello, la desgana con que inicié la lectura dejó pronto paso a un interés que no hizo más que acrecentarse, que ir engordando, hasta el final. Y lo cierto es que nunca con anterioridad había oído el nombre del autor; sin embargo, ahora sé que se llama George Stone, que es estadounidense y que un buen día tuvo la suerte de recibir un soplo inspirado. Tan inspirado, que a través de las peripecias de un lobo, de un lobo feroz como otro cualquiera, pero al mismo tiempo sentimental y terco  –y tan limitado y débil como un hombre–,  reencontró allá arriba, en su feudo de cimas nevadas, su libertad y la libertad de los suyos.

Porque La leyenda del lobo cantor consiste en eso: en una narración de corte poético, escrita con dureza y con nostalgia, a lo Atahualpa Yupanqui, que reclama patéticamente los derechos propios del lobo, de todos los lobos, de todas las carnadas de lobos que en el mundo han sido, a la par que exige la plena realización de sus facultades y la libertad de desafiar a Rufus, el Gran Jef$$e, el Lobo poderoso y cruel, al que todos temen y que pretende imponer su ley aun en contra de los intereses del clan.

«¿Y por qué me importa a mí la suerte de los lobos?», pensaba yo. Y, sin embargo, pronto me di cuenta de que sí me importaba. Y cuando advertí que el  Lobo Cantor,  merced a la extraña fuerza que lo embriagaba, podía a la postre vencer al tirano Rufus, me puse de su parte y deseé ardientemente que alcanzase su objetivo. Entonces se me cayó la venda de los ojos y comprendí. 

Comprendí que la intención del autor apuntaba lejos. Que aquel Lobo aislado y rebelde era yo, eras tú, era aquel hombre que respira y se agita en el otro confín. Y que su aislamiento y su rebeldía simbolizan, de hecho, el combate que cualquier hombre, o cualquier comunidad de hombres, ha de librar contra el Rufus que le ha tocado en suerte, contra el Rufus despótico que ineluctablemente aguarda, expectante, para lanzarse sobre sus súbditos, para destripar con su  diente carnicero las ansias que éstos sienten de ser fieles a su condición, y de serlo alegremente, cantando y revolcándose rientes bajo el sol.

A partir de ese momento, y a medida que se sucedían las páginas, todo marchó sobre ruedas. Se había producido la deseable sintonización. Cuando el  Lobo Cantor se  sentía solo, yo sentía soledad. Cuando el  Lobo Cantor  evocaba la figura de  Dirus,  el lobo atávicamente juicioso, yo evocaba la figura de mis Dirus  particulares, que siempre han estado junto a mí, aconsejándome con sano criterio. Cuando el Lobo Cantor dialogaba con el lobo Anciano, porfiando por rescatarlo de la rutina y convencerlo de que la misión de los lobos era precisamente cantar, yo rememoraba mis esfuerzos por abrirme paso entre la frialdad en torno, entre la cerrazón y el fatalismo, ansioso de proclamar que el hombre tiene derecho a usar sin cortapisas del don de la palabra. Cuando el Lobo Cantor decidió salir en busca de compañera –atravesando bancos de niebla, en medio de una formidable tormenta–,  yo reviví el momento exacto en que, atristado mi cerebro, me sentí incompleto y tuve conciencia de que, para no caminar cojitranco hasta la muerte, necesitaba salir en busca de mujer. Y así lo hice, y fue para bien. En resumen, todos y cada uno de los actos y sensaciones del Lobo Cantor me resultaban familiares, desde el hambre y el desaliento hasta la cólera y la voluptuosidad, e incluso la imagen de Rufus,  de mi Rufus  personal, que también ha existido, se parecía al Rufus del libro como un gigante de barro se parece a un maniquí, como una espada se parece a otra espada.

El libro es un temblor. Un temblor emotivo y oxigenante. Mi impresión es que cae como agua de mayo entre el montón de escatología escrita que produce nuestra época. Montado en él, el alma sale al campo, y sube que te sube, entre quebradas y riscos, hasta alcanzar una de esas cotas desde las cuales tan hermoso aparece una estrella como un alce, un valle fértil como la súbita llegada de la noche.

El libro es, además, una lección. Porque nada más lejos del caramelo y de la rosa que La leyenda del lobo cantor. Cierto, en el vientre de éste se cuecen y burbujean toda la ferocidad y toda la amargura inherentes a lo que antes llamé vida. No obstante, el autor ha utilizado el pentagrama adecuado, compensador, como sabía hacerlo el mejor Walt Disney. Por supuesto, el lector no olvida en ningún momento que el protagonista es un Lobo, y todos tenemos noticia de lo que un Lobo es: hasta los profetas del Antiguo Testamento lo declaran «terrible alimaña» y «enemigo sanguinario y malvado»; pero su presencia en el libro es tan real, y la causa que en él defiende, tan justa, que su hocico, sus cuartos traseros y, sobre todo, su inmenso olfato, magnifican cuanto tocan y logran que aceptemos sin recelo o náuseas escenas tan objetivamente rudas como la de la Loba  que, para limpiar su madriguera, provoca la evacuación de la lobezna  –tumbándola de espaldas y golpeando su panza con la lengua–, y consume luego los restos, «siguiendo con ello un sistema de control sanitario natural en muchas criaturas que viven en los cubiles».
Todo lo cual plantea, a mi juicio, un problema cuya solución resulta esclarecedora: La leyenda del lobo cantor,  pese a que su autor, George Stone, lo intitula  leyenda,  da un salto atrás en el tiempo y encaja con matemática precisión con lo que antaño se entendía por apólogo o fábula, y que ha sido definido como lance ficticio, ejemplarizante, del que son protagonistas, generalmente, los animales,  género literario que a partir del romanticismo del siglo pasado empezó a caer en desuso y que el pragmatismo de nuestros días considera de rango inferior –apto para chiquillos, mitad gracioso, mitad costumbrista–, pero que, en cambio, los clásicos, con Aristóteles al frente, tenían en gran estima, no sólo por la suprema maestría de sus cultivadores, sino porque la fábula había nacido merced a una necesidad biológica y social: la de que los esclavos pudiesen cantar las verdades a sus amos sin que éstos se dieran por aludidos.

A ese respecto, no es por mero azar que el origen de la fábula se considera muy remoto y se adjudica a Oriente –India, China, Japón–, donde la esclavitud era ley, y que más tarde su portavoz más eminente en Grecia fuera el viejo Esopo, esclavo frigio, y que en Roma lo fuera Pedro, esclavo de Augusto. Las fábulas posteriores, más próximas a nosotros  –La Fontaine, Lamotte, Lessing, Kriloff, hasta nuestros Iriarte y Samaniego, etc. –, dejaron de ser un reto o un grito de los oprimidos y derivaron, con fortuna diversa, hacia la crítica maliciosa, hacia la sátira más o menos audaz y, por supuesto, hacia el ingenio y la moraleja.

Aceptada la premisa de que La leyenda del lobo cantor es una fábula en el sentido clásico de la palabra  –el péndulo histórico hace surgir siempre un buzo exhumador de tesoros perdidos–,  el libro adquiere su auténtica dimensión y sus alusiones aparecen claras como la luz solar a la salida de un túnel. No hay en él esoterismo, vaguedad, incertidumbre: el autor ha tomado una situación insólita y la explota como un experto tallador de diamantes. El propio George Stone lo confiesa en el prólogo: «...dice la leyenda que, en cierto período de su historia, los lobos no cantaban. Éste es el relato de cómo perdió el lobo, y recuperó después, la libertad de su alma».

Los lobos sin voz, los lobos mudos, somos –como antes dije– nosotros, todos nosotros, en esa época antinatural. Carnadas de Rufus nos acosan por todos lados, desde los ensayos dictatoriales y la excesiva burocracia, hasta los intentos de colectivizar nuestro espíritu –las grandes urbes, las fichas policíacas– y de arramblar con toda posibilidad de manifestación espontánea e individual. 

La explosión demográfica, los abismos sociales, los bloques políticos prepotentes, la publicidad, los campos de concentración, ¡la inexorable extinción de tantas y tantas especies zoológicas!, todo conduce a la pérdida de nuestra facultad de cantar.

Como esclavos frigios, como Esopo, esclavos romanos, como Fedro, esclavos del antiguo Oriente  –el Tercer Mundo en Asia, en África, en Iberoamérica–,  y de ahí que necesitemos de Lobos Cantores  que sientan muy adentro que no todo está perdido, que sobreviven en nosotros posibilidades de reencontrar la templanza, la calma, el aire puro, el acompasado tictac del reloj.

Ese Lobo que canta, el Lobo Cantor, nos estimula repetidamente en esa dirección. Él sabe que sus antepasados cantaron y que, en virtud de ello, su propia capacidad para hacerlo no es locura ni signo denigrante, sino, por el contrario, fidelidad a su categoría, a la esencia de su ser, a su verdad. 
Por ello afirma:
«Yo aprendí lo bueno y  delicioso  que puede ser el canto. ¡Es un goce natural!» Y por ello cuenta el autor: «La canción del Lobo fluyó sobre los montes, aplacando los remolinos de nieve. Una y otra vez, exploró los límites de su magnífico don. Diez mil criaturas de la pradera escucharon, asombradas. Era algo imponente, pero no terrorífico; sin razón alguna, parecía adecuado y bueno. Excitante.»

El libro es una  deliciosa  fábula. Por lo demás, tal vez no sea del todo cierto que las fábulas hayan caído en desuso en nuestra época. Por de pronto, para elogiar algo al máximo empleamos el vocablo  fabuloso,  con lo que implícitamente rendimos homenaje a ese género supuestamente anacrónico. Sin contar con que George Stone ha tenido buen cuidado de ponerlo al día, de usar un lenguaje directo, de suma plasticidad, como corresponde a una cultura como la actual, que se ha visto súbitamente invadida por ese nuevo Cid Campeador que es el Ojo, por esa nueva emperatriz que es la Imagen.

¿Y el final del Lobo Cantor? Perfectamente razonable. Consigue su propósito: los lobos de las carnadas vecinas vuelven también a cantar, y, naturalmente, cantan asimismo sus propios herederos, los cinco hijos de su Loba. Y si ha de pagar por ello un precio muy alzado, en el último instante, mientras cae al abismo y todo gira en torno suyo vertiginosamente, tiene el consuelo de ver con más proximidad y relieve que nunca al juicioso Dirus, el cual, «con su mirada ardiente y penetrante, grises los pelos, cubiertos de escarcha, lo contempla con dignidad, con nobleza... y con orgullo».

Libro fabuloso, en verdad. Y conste que es muy raro que, en la vida y en la literatura, yo me decida a utilizar tan laudatorio adjetivo.

JOSÉ MARÍA GIRONELLA.  
Arenys de Munt, 22 de noviembre de 1976


1 comment(s) to... “LA LEYENDA DEL LOBO CANTOR. GEORGE STONE”

1 comentarios:

Armando Tapia (Moises RS) dijo...

Me ahorraste leerlo jaja



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