Confesiones de un gángster económico. John Perkins

Posted 8:00 by FRANCISCO REY in Etiquetas: ,







Confesiones 
de un gángster 
económico 

La cara oculta 
del imperialismo americano



PUEDES DESCARGAR EL LIBRO EN ESTOS ENLACES:




http://programasdefomentouvm.wikispaces.com/file/view/Confesiones_de_un_Gangster_Economico_-_John_Perkins.pdf


Resumen:
http://www.eumed.net/jirr/pdf/resumidos/Confesiones%20De%20Un%20Sicario%20Economico.pdf




Prefacio 


Los gángsteres económicos (Economic Hit Men, EHM) son profesionales generosamente pagados que estafan billones de dólares a países de todo el mundo. Canalizan el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID) y de otras organizaciones internacionales de «ayuda» hacia las arcas de las grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controla los recursos naturales del planeta. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato. Ese juego es tan antiguo como los imperios, pero adquiere nuevas y terroríficas dimensiones en nuestra era de la globalización. Yo lo sé  bien, porque yo he sido un gángster económico. 

En 1982 escribí estas líneas como comienzo de un libro cuyo título de trabajo era  Conscience of an Economic Hit Man. Lo dedicaba a los presidentes de dos países, a dos hombres que fueron clientes míos,  respetados y considerados por mí como espíritus afines: Jaime Roídos, presidente de Ecuador, y Omar  Torrijos, presidente de Panamá. Ambos habían fallecido recientemente en aquellos momentos. Sus aviones se estrellaron, pero no se trató de ningún accidente sino de asesinatos motivados por la oposición de ambos a  la cofradía de dirigentes empresariales, gubernamentales y financieros que persigue un imperio mundial. 

Nosotros, los gángsteres económicos, no conseguimos doblegar a Roídos y Torrijos, y por eso fue preciso que intervinieran los otros tipos de gángsteres, los chacales patrocinados por la CÍA que siempre estaban pegados a nuestras espaldas. 

Me convencieron de no escribir ese libro. Durante los veinte años siguientes lo empecé en cuatro ocasiones más. En cada una de ellas, mi decisión estuvo influida por hechos contemporáneos de la política internacional: la invasión de Panamá por Estados Unidos en 1989, la primera guerra del Golfo, el conato de  invasión de Somalia y la irrupción de Osama bin Laden. En todas ellas, amenazas o sobornos me indujeron a  abandonarlo. 

En 2003, el presidente de una importante editorial  propiedad de una poderosa multinacional leyó un borrador de lo que luego ha resultado ser  Confesiones de un gángster económico.  Lo calificó de «relato  fascinante que debía ser contado». A continuación sacudió la cabeza con una sonrisa triste, y me dijo que los ejecutivos de la oficina central pondrían objeciones y que no podía arriesgarse a publicarlo. Me aconsejó que lo reescribiera en forma de novela.
 «Podríamos lanzarte como novelista, a lo John LeCarré o Graham  Greene.» 

Pero esto no es una novela. Es el relato real de mi vida. Otro editor más valeroso, y no perteneciente a  ninguna multinacional, aceptó ayudarme a contarlo. 

Esta historia debe ser contada. Vivimos en una época de crisis terribles, y de oportunidades tremendas. La historia de este particular gángster es la historia de cómo hemos llegado adonde estamos y por qué nos enfrentamos actualmente a una crisis que parece insuperable. Y hay que contarlo porque necesitamos entender nuestros errores del pasado si queremos hallarnos en situación de aprovechar las oportunidades futuras. Porque han ocurrido cosas como el 11-5 y la segunda guerra en Iraq. Porque además de las tres mil  personas que murieron a manos de los terroristas el 11 de septiembre de 2001, otras veinticuatro mil murieron ese día de hambre y de otras secuelas de la miseria. O mejor dicho, todos los días mueren veinticuatro mil personas que no encuentran con qué alimentarse.

 Y lo más importante, esta historia hay que contarla porque hoy, por primera vez en la historia, existe un país capaz de cambiar todo eso mediante sus recursos, su dinero y su poder. Es el país en donde nací y al que he servido como gángster económico: Estados Unidos de América del Norte. 

¿Qué es lo que finalmente me convenció a ignorar las amenazas y los intentos de soborno? La respuesta breve es que tengo una hija, Jessica,  licenciada universitaria y emancipada. Y que,  recientemente, al comentarle que estaba considerando la publicación de este libro y participarle mis temores al respecto, me contestó: «No te preocupes, papá. Si van por ti, yo continuaré donde lo hayas dejado. Aunque sólo sea por los nietos que espero darte algún día». Ésa es la respuesta breve. 
                                                
La versión completa tiene que ver con mi dedicación al país en que me he criado y mi amor a los ideales  proclamados por sus padres fundadores. También con  lo que considero mi deber para con la república americana que hoy promete «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» para todos, en todas partes. Y,  por último, tiene que ver con mi decisión  tomada después del 11-S de no quedarme ocioso  contemplando cómo los gángsteres económicos transforman esa república en un imperio global. He aquí la sinopsis de la versión completa que se hallará desarrollada, en carne y hueso, a lo largo de los capítulos  siguientes. 

Éste es un relato real. Lo he vivido minuto a minuto. Los paisajes, las personas, las conversaciones y los  sentimientos que describo han formado parte de mi vida. Es mi biografía y, sin embargo, debo situarla en el  contexto más amplio de los acontecimientos mundiales que han configurado nuestra historia, que nos han llevado adonde estamos hoy, y que conforman los cimientos del futuro de nuestros hijos. He procurado la  máxima exactitud en la descripción de esas experiencias, gentes y conversaciones. Cuando comento hechos históricos o reconstruyo mis conversaciones con otras personas, he utilizado diversos instrumentos: documentos publicados, registros y notas personales, recuerdos míos y de otros participantes, los cinco  borradores empezados en otros tiempos y las narraciones históricas de otros autores, con preferencia para los recién publicados y que revelan informaciones antes clasificadas o no disponibles por otros motivos. En las notas finales doy las referencias para el lector interesado que desee profundizar en estos temas. 

Mi editor me preguntó si realmente nos referíamos a nosotros mismos llamándonos gángsteres  económicos. Le contesté que sí, aunque usábamos más a menudo las iniciales EHM. En efecto, el primer día de 1971 que empecé a trabajar con mi instructora, Claudine, ésta me dijo: «La misión que tengo asignada es hacer de ti un  economic hit man.  Y que nadie se entere de tu actividad... ni siquiera tu mujer». Y luego  añadió, poniéndose seria: «Cuando uno entra en esto, entra para toda la vida». 

Más adelante, casi nunca volvió a mencionar la expresión completa. Éramos, sencillamente, unos EHM. 

El cometido de Claudine es un ejemplo fascinante de la manipulación subyacente al negocio en el que me había incorporado. Era bella e inteligente, y sumamente eficaz. Detectó mis puntos débiles y supo explotarlos en su beneficio. Su trabajo y la habilidad con que lo realizaba ejemplifican la mentalidad sutil de quienes manejan los hilos de este sistema. 

Claudine no tuvo pelos en la lengua a la hora de describirme lo que iban a exigir de mí. «Tu trabajo - dijo- consistirá en estimular a líderes de todos los países para que entren a formar parte de la extensa red  que promociona los intereses comerciales de Estados Unidos en todo el mundo. En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares. A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países complejos industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los propietarios de las empresas estadounidenses de ingeniería y 
construcción se hacen inmensamente ricos.» 

Hoy vemos los estragos resultantes de este sistema. Ejecutivos de las compañías estadounidenses más respetadas que contratan por sueldos casi de esclavos la mano de obra que explotan bajo condiciones inhumanas en los talleres de Asia. Empresas petroleras que arrojan despreocupadamente sus toxinas a los ríos de la selva tropical, envenenando adrede a humanos, animales y plantas, y perpetrando genocidios contra las culturas ancestrales. Laboratorios farmacéuticos que niegan a millones de africanos infectados por el VIH los medicamentos que podrían salvarlos. En Estados Unidos mismo, doce millones de familias no saben lo que van a comer mañana.

El negocio de la energía ha dado lugar a una Enron. El negocio de las auditorías ha dado lugar a una Andersen. La quinta parte de la población mundial residente en los países más ricos tenía  en 1960 treinta veces más ingresos que otra quinta parte, los pobladores de los países más pobres. Pero en 1995 la proporción era de 74:1

Estados Unidos gasta más de 87.000 millones de dólares en la guerra de Iraq, cuando Naciones Unidas estima que con menos de la mitad bastaría para proporcionar agua potable, dieta adecuada, servicios de salud y educación elemental a todos los habitantes del planeta 4
.
¡Y nos preguntamos por qué nos atacan los terroristas! 
Algunos preferirían achacar nuestros problemas actuales a una conspiración organizada. Ya me gustaría que fuese tan sencillo. A los conspiradores se les  puede capturar y llevar ante los tribunales. Pero este sistema nuestro lo impulsa algo mucho más peligroso que una conspiración. Lo impulsa, no un pequeño grupo de hombres, sino un concepto que ha sido admitido como verdad sagrada: que todo crecimiento  económico es siempre beneficioso para la humanidad y que, a mayor crecimiento, más se generalizarán sus beneficios. Esta creencia tiene también un corolario: que los sujetos más hábiles en atizar el fuego del crecimiento económico merecen alabanzas y recompensas, mientras que los nacidos al margen quedan disponibles para ser explotados. 

Es un concepto erróneo, naturalmente. Sabemos que en muchos países el crecimiento económico sólo beneficia a un reducido estrato de la población, y que de hecho puede redundar en unas circunstancias cada vez más desesperadas para la mayoría. Viene a intensificar este efecto el corolario mencionado, de que los líderes industriales que impulsan este sistema merecen disfrutar de una consideración especial. Creencia que está en el fondo de muchos de nuestros problemas actuales y tal vez es el motivo de que abunden tanto las teorías conspirativas. Cuando se recompensa la codicia humana, ésta se convierte en un poderoso inductor de corrupción. Si el consumo voraz de los recursos del planeta está considerado algo intocable, si enseñamos a nuestros hijos a emular a las personas con estas vidas desequilibradas y si definimos a grandes sectores de la población como súbditos de una élite minoritaria, estamos invocando calamidades. Y éstas no tardan en caer sobre nuestras cabezas. 

En su afán de progresar hacia el imperio mundial, empresas, banca y gobiernos (llamados en adelante, colectivamente,  la corporatocracia)  utilizan su poderío financiero y político para asegurarse de que las escuelas, las empresas y los medios de comunicación apoyen (tanto el concepto como su corolario no menos falaz). Nos han llevado a un punto en que nuestra cultura global ha pasado a ser una maquinaria monstruosa que exige un consumo exponencial de combustible y mantenimiento, hasta el extremo que acabará por devorar todos los recursos disponibles y finalmente no tendrá más remedio que devorarse a sí misma. 

La corporatocracia no es una conspiración, aunque sus miembros sí suscriben valores y objetivos comunes. Una de las funciones de la corporatocracia estriba  en perpetuar, extender y fortalecer el sistema continuamente. Las vidas de los «triunfadores» y sus privilegios  - sus mansiones, sus yates, sus jets  privados -, se nos ofrecen como ejemplos sugestivos para que  todos nosotros sigamos consumiendo,  consumiendo y consumiendo. Se aprovechan todas las oportunidades para convencemos de que tenemos el  deber cívico de adquirir artículos, y de que saquear el planeta es bueno para la economía y por tanto  conviene a nuestros intereses superiores. Para servir a este sistema, se paga unos salarios exorbitantes a 
sujetos como yo. Si nosotros titubeamos, entra en acción un tipo de gángster más funesto, el chacal. Y si el  chacal fracasa, el trabajo pasa a manos de los militares. 

Este libro es la confesión de un hombre que, en la  época en que fui EHM, formaba parte de un grupo  relativamente reducido. Este tipo de profesión es hoy más abundante. Sus integrantes ostentan títulos más  eufemísticos y pululan por los pasillos de Monsanto, General Electric, Nike, General Motors, Wal-Mart  y casi todas las demás grandes corporaciones del mundo. En verdad, Confesiones de un gángster económico es su historia tanto como la mía. 

Y también es la historia de Estados Unidos, del primer imperio auténticamente planetario. El pasado nos ha enseñado que, o cambiamos de rumbo, o tenemos garantizado un final trágico. Los imperios nunca perduran. Todos han acabado muy mal. Todos han destruido culturas en su carrera hacia una dominación mayor, y todos han caído a su vez. Ningún país o grupo de países puede prosperar a la larga explotando a los demás. 

Este libro ha sido escrito para hacemos recapacitar y cambiar. Estoy convencido de que, cuando un número suficiente de nosotros cobre conciencia de cómo estamos siendo explotados por la maquinaria económica  que genera un apetito insaciable de recursos del planeta  - y crea sistemas promotores de la esclavitud - , no seguiremos tolerándolo. Entonces nos replantearemos nuestro papel en un mundo en que unos pocos nadan en la riqueza y la gran mayoría se ahoga en la miseria, la contaminación y la violencia. Y nos  comprometeremos a emprender un viraje que nos lleve a la compasión, la democracia y la justicia social para todos. 

Admitir que tenemos un problema es el primer paso para solucionarlo. Confesar que hemos pecado es el comienzo de la redención. Que sirva este libro, pues, para empezar a salvamos, para inspiramos nuevos niveles de entrega e incitamos a realizar nuestro sueño de una sociedad justa y decente. 

Nunca se habría escrito este libro sin las muchas personas cuyas vidas he compartido y que se describen en las páginas siguientes. Les agradezco las experiencias y sus enseñanzas. 

Con independencia de ello, doy las gracias a los que me animaron a salir del limbo y contar mi historia:  Stephan Rechtschaffen, Bill y Lynne Twist, Ann Kemp, Art Roffey y las muchas personas que participaron en las giras y los grupos de trabajo de Dream Change, especialmente mis colaboradores Eve Bruce, Lyn Roberts-Herrick y Mary Tendall, así como a mi increíble esposa y compañera durante veinticinco años,  Winifred, y a mi hija Jessica. Quedo en deuda con muchos hombres y mujeres que aportaron revelaciones e información personales  sobre la banca internacional, las multinacionales y las interioridades políticas de distintos países:  gracias especialmente a Michael Ben-Eli, Sabrina Bologni, Juan Gabriel Carrasco, Jamie Grant, Paul Shaw y otros cuyos nombres recuerdo pero prefieren permanecer en el anonimato. 

Una vez concluido el original, Steven Piersanti, fundador de la editorial Berrett-Koehler y brillante jefe de redacción, no sólo tuvo el valor de aceptarlo sino que me ayudó a revisado una y otra vez, invirtiendo en ello  incontable número de horas. Declaro mi profunda gratitud a Steven así como a Richard Perl, quien me lo presentó, y también a Nova Brown, Randi Fiat, Alien Jones, Chris Lee, Jennifer Liss, Laurie Pellouchoud y  Jenny Williams, que leyeron y criticaron el original. A David Korten, que además de leerlo y  criticarlo me  hizo pasar por el aro hasta satisfacer sus exigentes y excelentes criterios. A Paul Fedorko, mi agente. A  Valerie Brewster, que ha realizado el diseño gráfico del libro. Y a Todd Manza, mi corrector final, maestro  de la palabra y gran filósofo. 

Especial gratitud merecen Jeevan Sivasubramanian, director gerente de Berrett-Koehler, y Ken Lupoff, Rick Wilson, María Jesús Aguiló, Pat Anderson, Marina Cook, Michael Crowley; Robin Donovan, Kristen Frantz, Tiffany Lee, Catherine Lengronne, Dianna Platner y el resto del personal de BK, donde la gente comprende la necesidad de aumentar la conciencia social y trabaja incesantemente para hacer de este mundo un lugar mejor. 

También debo manifestar mi agradecimiento a todos los hombres y mujeres que trabajaron conmigo en MAIN, desconociendo que sus funciones contribuían a la tarea de los EHM y a configurar el imperio global.  Sobre todo, a los que trabajaron directamente a mis órdenes, me acompañaron a remotos países y compartieron conmigo muchos momentos valiosos. Y también a Ehud Sperling y sus colaboradores de Inner  Traditions International, que editaron mis obras anteriores sobre culturas indígenas y chamanismo y son, además, buenos amigos que me ayudaron a convertirme en autor. Quedo eternamente agradecido a los hombres y mujeres que me admitieron en sus hogares  de las selvas, los desiertos y las montañas, en las
chabolas a orillas de los canales de Yakarta y en los arrabales insalubres de incontables ciudades de todo el mundo. Que compartieron conmigo sus alimentos y sus vidas, y que han sido mi mayor fuente de  inspiración. 

John Perkins 
Agosto de 2004




(1) The United Nations Food Programme,  http://www.wfp.org/in-dex.asp? section=l (acceso del 27 de diciembre de 2003). Además, la National Association for the Prevention of Starvation estima que «todos los días fallecen 34.000 niños de edad inferior a los cinco años por hambre o enfermedades que son secuelas del hambre, y que serían evitables en otras condiciones» (http://www.napsoc.org, acceso del 27 de diciembre de 2003). Starvation.net estima que «si se suman las dos causas principales de muerte (después de la inanición) de los más pobres entre los pobres, a saber, las enfermedades de origen hídrico y el sida, resulta una mortalidad diaria de 50.000 víctimas» (http://www.starvation.net, acceso del 27 de diciembre de 2003). PERKINS, John: Confesiones de un gángster económico

(2) Conclusiones del U.S. Department of Agriculture publicadas por Food Research and Action Center (FRAC), http://www.frac.org (acceso del 27 de diciembre de 2003). 

(3)  United Nations, Human Development Report, United Nations, Nueva York, 1999. 

(4)  Abby Ellin, «Suit Says ChevronTexaco Dumped Poisons in Ecuador», New York Times, 8 de mayo de 2003. PERKINS, John: Confesiones de un gángster económico 


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