LA VOCES PARA LA DEMOCRACIA. MAHATMA GANDHI

Posted 14:00 by FRANCISCO REY in Etiquetas: ,




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LAS VOCES DE LA DEMOCRACIA
ASÍ HABLAN LOS GRANDES POLÍTICOS



Mahatma Gandhi

No hay salvación posible para la India
y otros discursos

prólogo de Jesús Ferrero



Prólogo
Un animal político nacionalista con una vida difícil
JESÚS FERRERO


Asombra la densidad existencial de la vida de Gandhi y la mucha energía que supo extraer casi siempre de su flaqueza. Mohandas Karamchand Gandhi (más tarde apodado Mahatma -«gran alma»-por el poeta Rabindranath Tagore), nació en Porbandar, localidad costera del Noroeste de la India, en el seno de una familia de la casta vaisia o de los comerciantes. Su padre era ministro local y su madre, Putlibai, era una mujer muy devota de la secta pranami, que intentaba fundir elementos hinduistas y mahometanos con una idea de Dios de carácter absoluto que influiría poderosamente en su hijo.
Gandhi fue un niño débil y terco, además de un estudiante mediocre que faltaba con frecuencia a clase. Para agravar el problema, fue desposado a los trece años con una adolescente, Kasturbhai, que había vivido en casa de sus padres en calidad de doméstica y que no sabía leer. El mismo Gandhi contaría más tarde que sus años de vida conyugal con su primera mujer estuvieron marcados por la lujuria obsesiva, extenuante, y por su desinterés por los estudios: apenas iba a clase. Era además un esposo celoso y dominante, siguiendo la tradición hindú y, como cuenta en su Autobiografía, no dejaba a Kasturbhai salir de casa sin su permiso y la mantenía «prácticamente encarcelada». Actitud de Gandhi que fue creando un hondo malestar entre los dos.

Kasturbhai era de naturaleza independiente y soportaba mal las presiones de su marido. Los problemas conyugales y morales se acentuaron para Gandhi cuando, tres años después, su padre falleció mientras él estaba haciendo el amor con Kasturbhai, a la que había despertado con malas maneras para que se prestase a aliviar sus deseos. Para Gandhi fue como un mazazo en mitad de la cabeza y a partir de ese momento se intensificaron sus malas relaciones con la sexualidad y los placeres de la carne y empezó a germinar en él otra pasión: la de la castidad, que se convertiría más tarde en uno de los elementos fundamentales de su severa moralidad.

En 1887 se traslada a Londres y un año después ingresa como estudiante en el Inner Temple, donde a duras penas se irá familiarizando con la vida inglesa hasta el punto de pretender convertirse en un gentleman durante un breve período, en el que empezó a fumar y a comer carne, renunciando a la dieta vegetariana que había heredado de sus padres.

De regreso a la India, no acierta a ubicarse y sus primeros movimientos como abogado resultan erráticos y torpes, provocando la burla y el desprecio de sus colegas. Todo eran problemas en la vida de Gandhi cuando la compañía naviera Dada Abdulla & Co. le ofreció un puesto en Sudáfrica como asesor, y fue así como Gandhi cambió una vez más de residencia dejando en la India a su esposa y sus dos hijos.
En Sudáfrica comienza una larga etapa donde se adiestrará como animal político, donde llevará a cabo una actividad desbordante y mortificante a favor de los derechos de los emigrantes indios, y donde llegará a estar cuatro veces encarcelado.

TRAS UNA DE SUS NUMEROSAS ESTANCIAS EN PRISIÓN, Gandhi fue liberado en 1931 para que participara en la Conferencia de Londres en que debía tratarse la independencia de su país. En la foto, el líder indio a su llegada al puerto de Folkestone (Reino Unido) en 1931.

Tras su época sudafricana, comenzará su etapa de Gran Padre de la India y la cristalización de lo que podría llamarse ideología gandhiana, caracterizada por la confluencia de principios hinduistas, cristianos y mahometanos. Los elementos hinduistas partían del Bhagavad Cita, los cristianos de los cuatro evangelios y de la obra de Tolstoi El reino de Dios está dentro de ti, y los mahometanos de el Corán. A todo ello hay que añadir dos obras muy recientes en aquel tiempo: Hasta esto último de Ruskin y La desobediencia civil de Henry David Thoreau.

Como ideólogo fue tan arcaico como lo pudo ser el mismo Tolstoi al final de su vida, y tenía en la mente una India conformada por miles y miles de pequeñas aldeas (muy próximas a la «aldea ideal» concebida por Tolstoi) autosuficientes, fraternas, sufrientes y a la vez felices, con un régimen económico próximo a la cooperativa y que habría de influir más tarde en las comunas hippies.

En la India volvió a estar cuatro veces en la cárcel, y en dos ocasiones consiguió que sus adversarios cambiasen de actitud y estableciesen con él pactos razonables gracias a sus ayunos y al temor que provocaba en sus amigos y sus enemigos su posible muerte. Lo que equivale a decir que fue el inventor de la politización del ayuno: lo que se ha dado en llamar huelga de hambre.
Asusta advertir lo mucho que Gandhi castigó su cuerpo, al que consideraba un pudridero que había que purificar incesantemente. Sus ayunos fueron al principio una forma de mortificación, y sólo más tarde se convirtieron en un arma política que le ganó el fervor de las masas hambrientas, obligadas a ayunar por necesidad y no exactamente por amor a Dios y deseo de purificación.
Sus dietas podían dejar estupefacto a cualquiera y pasaba temporadas en las que sólo consumía dátiles y cacahuetes. Pero los dátiles y los cacahuetes son nutrientes muy poderosos. ¿Qué pensar de las temporadas en que no comía nada? Sabemos que el ayuno reduce el azúcar y las vitaminas y que altera profundamente la conciencia, conduciéndola a estados más extremos que los que deparan algunas drogas, y también sabemos que pueden provocar una gran distorsión y hasta una pérdida del principio de realidad. No parece que el ayuno extremo sea la mejor disciplina para alcanzar el equilibrio entre la mente y el cuerpo, y no siempre Gandhi estaba equilibrado y a menudo obligaba a todos los que le rodeaban a participar de las decisiones que había tomado en momentos de «iluminación», haciendo a veces gala de una tiranía y una testarudez aniquiladoras.

Todo lo dicho no ha de hacernos olvidar que, más que un santón, un gurú, un místico o un profeta, Gandhi fue un político que supo utilizar la religión hindú (y la cristiana a través de Tolstoi) para llevar a cabo sus fines en relación estrecha con la consecución de la independencia de la India, sometida hasta entonces al Imperio británico. Pocos son los discursos de Gandhi que no destilan nacionalismo químicamente puro y si hubo en él un humanismo, incluso un humanismo de aire occidental y cristiano, fue en realidad un humanismo de circuito cerrado, circunscrito a las fronteras de la India: de un humanismo nacionalista, podríamos decir, asentado en la India ancestral y milenaria. Todo ello explica mejor que ninguna otra teoría las contradicciones de Gandhi y el hecho de que en Sudáfrica se ocupase de las injusticias que se cometían con los emigrantes indios ignorando las que se podían cometer con los negros, más clamorosas y sangrantes. Y es ahí también donde Gandhi más se diferencia de los grandes maestros con los que absurdamente se le ha querido comparar, ya que los grandes maestros siempre han rechazado un humanismo de circuito cerrado, haciendo hincapié en la universalidad del hombre y en sus posibles deberes y derechos más que en su pertenencia a una determinada tribu de la Tierra.

Pero si despojamos a Gandhi de su aura mística y su apariencia ascética y piadosa y lo vemos como un animal político, y lo fue en un altísimo grado, entonces tendremos que reconocer que sus movimientos fueron muy hábiles y bastante afortunados, a pesar de sus muy torpes principios como orador y como hombre público. Pero qué duda cabe de que a costa de esfuerzo, voluntad y valor (como le ocurriera a Demóstenes) Gandhi consiguió templar su espíritu para poder dirigirse a las masas en sus discursos, algunos de ellos pronunciados en momentos clave (como el que antecedió a la «marcha de la sal»),y donde observamos, además de una claridad de principios meridiana, un coraje civil fuera de toda duda. Pocos hombres estaban tan preparados como Gandhi para morir, y quizá por eso murió como él quería y como había profetizado: acribillado a balazos por un fanático mientras invocaba a su dios: ¡Hai Rama!

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