EL "SHOCK" DEL FUTURO, de ALVIN TOFFLER

Posted 12:02 by FRANCISCO REY in Etiquetas: ,




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EL "SHOCK" DEL FUTURO
ALVIN TOFFLER








INTRODUCCIÓN


Este libro trata de lo que le pasa a la gente que se siente abrumada por el cambio.
Trata del modo en que nos adaptamos —o dejamos de adaptarnos— al futuro.
Mucho se ha escrito sobre el futuro. Sin embargo, la mayoría de los libros sobre el
mundo venidero tienen un áspero sonido metálico. Estas páginas, por el contrario,
se ocupan de la cara «suave» o humana del mañana. Más aún: se ocupan de los
pasos que hemos de dar para poder alcanzar el mañana. Tratan de materias
corrientes y cotidianas: los productos que compramos y los que rechazamos, los
sitios que dejamos atrás, las corporaciones en que vivimos, las personas que
pasan, cada vez más de prisa, por nuestras vidas. Sondean el futuro de la amistad
y de la vida de familia. Investigan extrañas y nuevas subculturas y estilos de vida,
junto con una serie de temas diversos, desde la política y los campos de deportes
hasta los vuelos espaciales y el sexo.
Lo que les sirve de lazo de unión —en el Libro, como en la vida— es la estrepitosa
corriente del cambio, una corriente hoy tan poderosa que derriba instituciones,
trastorna nuestros valores y arranca nuestras raíces. El cambio es el fenómeno por
medio del cual el futuro invade nuestras vidas, y conviene observarlo atentamente,
no sólo con las amplias perspectivas de la Historia, sino desde el ventajoso punto
de vista de los individuos que viven, respiran y lo experimentan.

La aceleración del cambio en nuestro tiempo es, en sí misma, una fuerza elemental.
Este impulso acelerador acarrea consecuencias personales y psicológicas, y también
sociológicas. En las páginas que siguen se exploran sistemáticamente, por primera
vez, estos efectos de aceleración. El libro sostiene, espero que con diafanidad, que,
a menos que el hombre aprenda rápidamente a dominar el ritmo del cambio en sus
asuntos personales, y también en la sociedad en general, nos veremos condenados
a un fracaso masivo de adaptación.
En 1965, en un artículo publicado en Horizon, inventé el término «shock del futuro»
para designar las desastrosas tensión y desorientación que provocamos en los
individuos al obligarles a un cambio excesivo en un lapso de tiempo demasiado
breve. Fascinado por este concepto, empleé los cinco años siguientes en visitar
numerosas universidades, centros de investigación, laboratorios y oficinas del
Gobierno; en leer innumerables artículos y documentos científicos; en interrogar a
centenares de técnicos sobre diferentes aspectos del cambio, sobre las formas de
comportamiento y sobre el futuro. Premios Nobel, hippies, psiquiatras, físicos,
hombres de negocios, futurólogos, filósofos y profesores me expresaron su
preocupación por el cambio, su ansiedad por la adaptación, su miedo del futuro.
Salí de esta experiencia con dos convicciones turbadoras.

Primera: vi claramente que el «shock» del futuro ya no es un posible peligro
remoto, sino una verdadera enfermedad que afecta a un número creciente de
personas. Este estado psicobiológico puede describirse en términos médicos y
psiquiátricos. Es la enfermedad del cambio.

Segundo: me espantó, gradualmente, lo poco que saben hoy en día de
adaptabilidad tanto los que exigen y producen grandes cambios en nuestra
sociedad, como aquellos que pretenden prepararnos para hacer frente a tales
cambios. Graves intelectuales hablan enérgicamente de la «educación para el
cambio» o de la «preparación de la gente para el futuro». Pero, virtualmente, nada
sabemos sobre la manera de hacerlos. En el medio más velozmente cambiante con
que jamás se haya enfrentado el hombre, seguimos ignorando lastimosamente las
reacciones del animal humano.

Tanto nuestros psicólogos como nuestros políticos se sienten turbados por la
resistencia, aparentemente irracional, al cambio de que dan muestras ciertos
individuos y grupos.

El jefe de empresa que quiere reorganizar un departamento, el profesor que quiere
introducir un nuevo método de enseñanza, el alcalde que quiere conseguir una
pacífica integración racial en su ciudad, todos ellos tropiezan, en un momento dado,
con esta ciega resistencia. Sin embargo, sabemos poco sobre sus orígenes. De la
misma manera, ¿por qué algunos hombres anhelan, incluso febrilmente, el cambio,
y hacen todo lo posible para que se produzca, mientras otros huyen de él? No sólo
no encontré respuesta convincente a estas preguntas, sino que descubrí que incluso
carecemos de una teoría adecuada de la adaptación, sin la cual es sumamente
improbable que hallemos aquella respuesta.

Por consiguente, el objeto de este libro es contribuir a nuestra adaptación al futuro,
a enfrentarnos, con mayor eficacia, con el cambio personal y social, aumentando
nuestra comprensión de cómo el hombre responde a tal cambio. Con este fin,
plantea una amplia y nueva teoría de la adaptación.

También llama la atención sobre una distinción importante y a menudo desdeñada.
Casi invariablemente, el estudio de los efectos del cambio se centra más en el
destino a que éste nos conduce que en la rapidez del viaje. En este libro, trato de
demostrar que el ritmo del cambio tiene implicaciones completamente distintas, y a
veces más importantes, que las direcciones del cambio. A menos que captemos
este hecho, no puede ser fructífero ningún intento de comprender la adaptabilidad.
Todo propósito de definir el contenido del cambio debe incluir las consecuencias de
la rapidez de éste, como parte de tal contenido.

William Ogburn, con su célebre teoría de la retardación cultural, sostuvo que las
tensiones sociales proceden de los grados desiguales de cambio en diferentes
sectores de la sociedad. El concepto de «shock» del futuro —y la teoría de la
adaptación que se desprende de él— indica vivamente que tiene que haber un
equilibrio no sólo entre los grados de cambio de los diferentes sectores, sino
también entre la velocidad de cambio del medio y la rapidez limitada de la reacción
humana. Pues el «shock» del futuro nace de la creciente diferencia entre las dos.
Sin embargo, este libro pretende algo más que presentar una teoría. Aspira,
también, a demostrar un método. Hasta ahora, el hombre estudió el pasado para
arrojar luz sobre el presente. Yo he dado la vuelta al espejo del tiempo, convencido
de que una imagen coherente del futuro puede darnos valiosas perspectivas sobre
el día de hoy. Si no empleamos el futuro como instrumento intelectual, nos será
cada vez más difícil comprender nuestros problemas personales y públicos. En las
páginas siguientes, empleo deliberadamente este instrumento para mostrar lo que
puede conseguirse con él.

Por último —y esto no es menos importante—, el libro tiende a cambiar al lector, en
un sentido sutil pero importante. Por razones que veremos claramente en las
páginas que siguen, la mayoría de nosotros tendremos que adoptar una nueva
posición frente al futuro, una nueva y aguda percepción del papel que éste
desempeña en el presente, si queremos enfrentarnos con éxito a los rápidos
cambios. Este libro va encaminado a aumentar la conciencia del futuro del lector. El
grado en que éste, después de terminada la lectura de este libro, reflexione,
especule o trate de prever los acontecimientos futuros nos dará la medida de su
eficacia.

Sentados estos fines, precisa hacer varias reservas. Una de éstas se refiere a la
fugacidad de los hechos. Cualquier reportero experimentado sabe lo que es trabajar
sobre un suceso de rabiosa actualidad, que cambia de forma y de significado
incluso antes de que se acabe de imprimir el relato. Hoy día, todo el mundo es un
suceso de rabiosa actualidad. Por consiguiente, es inevitable que, en un libro escrito
en varios años, algunos hechos hayan quedado anticuados entre el momento de
estudiarlos y escribirlos y el de su publicación. El profesor que estaba en la
Universidad A ha pasado a la Universidad B. El político identificado con la postura X
ha adoptado la Y.

Aunque, durante su redacción, me esforcé concienzudamente en mantener al día El
«shock» del futuro, alguno de los hechos estudiados ha perdido forzosamente
actualidad. (Desde luego, esto ocurre en muchos libros, aunque sus autores
prefieren no hablar de ello.) Sin embargo, esta pérdida de actualidad de los datos
tiene aquí una importancia especial, pues constituye una prueba de la tesis
mantenida en el libro sobre la rapidez del cambio. A los escritores les resulta cada
vez más difícil seguir el paso de la realidad. Todavía no hemos aprendido a
concebir, estudiar, escribir y publicar en «tiempo real». Por consiguiente, los
lectores deben tener más en cuenta el tema general que los detalles.
Otra reserva se refiere al tiempo futuro del verbo «ocurrir». Ningún futurólogo serio
se atreve a hacer «predicciones». Esto queda para los oráculos de la televisión y los
astrólogos de los periódicos. Nadie que tenga alguna idea de la complejidad de la
previsión puede alardear de un conocimiento absoluto del mañana. Es lo que dice
un proverbio deliciosamente irónico atribuido a los chinos: «Profetizar es
sumamente difícil... sobre todo con respecto al futuro.»

Esto significa que cualquier declaración sobre el futuro debería, en rigor, ir
acompañada de una serie de síes o de peros. Sin embargo, en un libro de esta
clase el empleo de todos los condicionales adecuados sumiría al lector en un alud
de indecisiones. Por esto, en vez de hacerlo así, me he tomado la libertad de hablar
con rotundidad, sin vacilaciones, confiando en que el lector inteligente comprenderá
este problema estilístico. La palabra «ocurrirá» debe leerse siempre como si fuera
acompañada de un «probablemente» o de un «en mi opinión». De la misma
manera, todas las fechas aplicadas a acontecimientos futuros deben ser
consideradas con un margen de buen criterio.

Sin embargo, la imposibilidad de hablar con certeza y precisión sobre el futuro no
puede excusar el silencio. Desde luego, cuando disponemos de «datos sólidos»,
éstos deben ser tomados en consideración. Pero cuando éstos faltan, el lector
responsable —incluso el científico— tiene el derecho y la obligación de fiar en otras
clases de pruebas, incluidos los datos impresionistas o anecdóticos y las opiniones
de personas bien informadas. Así lo he hecho yo, y no me excuso de ello. Al tratar
del futuro, al menos para nuestro actual objeto, es más importante ser imaginativo
y perceptivo que un cien por ciento «exacto». Las teorías no tienen que ser
«exactas» para ser enormemente útiles. Incluso el error tiene su utilidad. Los
mapas del mundo diseñados por los cartógrafos medievales eran tan inexactos,
estaban tan llenos de errores fácticos, que provocan sonrisas condescendientes en
la época actual, en que casi toda la superficie de la Tierra ha sido exactamente
registrada. Sin embargo, sin ellos los grandes exploradores no habrían descubierto
el Nuevo Mundo. Ni habrían podido trazarse los mejores y más exactos mapas
actuales si unos hombres provistos de limitados medios no hubiesen estampado
sobre papel sus audaces concepciones de mundos que jamás habían visto.
Nosotros, exploradores del futuro, somos como aquellos antiguos cartógrafos, y en
este sentido presento aquí el concepto del «shock» del futuro y la teoría de la
adaptación: no como una palabra definitiva, sino como una primera aproximación a
las nuevas realidades, llenas de peligros y de promesas, creadas por el impulso
acelerador.

1 comment(s) to... “EL "SHOCK" DEL FUTURO, de ALVIN TOFFLER”

1 comentarios:

Tygrus dijo...

El libro es prometedor. Gracias por el link.



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